Construyendo con contenedores

Boîtes à miracles

30/09/2020


Hombre de Piedra, Terminal de Cruceros de Sevilla

Una de las obsesiones de la modernidad fue acercar la arquitectura a la fábrica. La estandarización, la seriación, la modulación, la prefabricación o el empleo de piezas hechas en taller fueron algunas de las estrategias con que se intentó alcanzar este propósito; estrategias a las que se sumó, más tardíamente, el reciclaje o reutilización de componentes industriales.

Entre estos últimos destacan los contenedores de transporte de mercancías, esos depósitos rigurosamente funcionales de los que dependen las redes del comercio internacional, hasta el punto de que algunos los consideran la cifra de la globalización (véase ‘El mundo en una caja’, Arquitectura Viva 178).

El creciente interés de los arquitectos por los contenedores resulta, en buena medida, lógico. Es un producto relativamente ligero y modular, transportable por medios convencionales, de fácil instalación y potencialmente desmontable, por lo cual resulta eficaz desde el punto de vista de la sostenibilidad. Es un elemento, además, que se entrega completamente acabado —listo para ser usado—, pero que puede transformarse tanto como quiera el arquitecto para dar pie a un conjunto de posibilidades formales muy amplio, que va desde la aceptación del contenedor tal y como viene de fábrica hasta la manipulación de sus paredes para abrir con libertad huecos de distintos tamaños, pues la gran resistencia y rigidez de sus paredes de acero lo permiten.

Pero, si las ventajas del contenedor son muchas, no lo son menos sus desventajas. La principal de ellas es que el contenedor no es de por sí un espacio habitable. Más allá de sus puertas, carece de huecos; sus proporciones no son agradables —es largo y estrecho—; y, además, su imagen industrial hace que el imaginario común tienda a asociarlo con arquitecturas de emergencia más bien precarias.

Así las cosas, el reto a la hora de utilizar los contenedores es imprimirles una lógica arquitectónica, aprovechando sus ventajas donde tenga sentido hacerlo, en busca de un término medio entre la adaptación literal —que genera, por fuerza, sordidez espacial— y la manipulación indiscriminada que impide sacar partido de sus virtudes y acaba convirtiendo al edificio en un experimento excesivamente caro.

Los tres edificios seleccionados en este dossier resultan modélicos a la hora de entender la lógica arquitectónica del contenedor. En el primero, la sede de Amaya Sport en Noáin (Navarra), Josean Ruiz Esquíroz reutiliza diez contenedores como piezas estructurales para la formación de la cubierta, sin renunciar por ello a su capacidad de almacenamiento. En el segundo, unos alojamientos de proximidad provisionales en la Ciutat Vella de Barcelona, Straddle3, Eulia Arkitektura y Yaiza Terré apilan un conjunto de unidades para resolver una situación de emergencia social. En el tercero y último, unas viviendas en Johannesburgo (Sudáfrica), LOT-EK emplea con tino 140 contenedores adquiridos en el puerto seco de la ciudad, uno de los de mayor tráfico del mundo. 

Shigeru Ban, Museo Nómada, Nueva York (Estados Unidos)


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